El autoengaño es un arma poderosa que puede hacer que muchos miren hacia otro lado ante algo que no está bien. Esto se da especialmente cuando esos que miran hacia otro lado perciben un beneficio por ello. ¿En qué lugar los deja?

El experimento de Milgram es lo más inquietante que he leído en mi vida, incluso más inquietante que la mirada de Damien en “La Profecía (1976)”. Lo releo periódicamente y su lectura invariablemente me afecta.

LEER EXPERIMENTO DE MILGRAM

Una vez asimilé las ideas de este psicólogo, supe interpretar muchas situaciones que he vivido a lo largo de mi vida y que ahora comprendo mejor.

Hace años trabajé para una compañía cuyos propietarios abusaban impunemente de muchos de los trabajadores, las faltas de respeto eran una constante en el día a día. El que cometía un error era humillado públicamente, el tono despectivo utilizado ante cualquier fallo cometido era una pauta de comportamiento. A pesar de que el equipo trabajaba 12 y 14 horas diarias, cuando no pasaba noches enteras en blanco, una presentación que era un éxito para un cliente podía concluir minutos después con un correctivo humillante por un número mal formateado. Yo me fui, me parecía inaceptable. Muchos siguieron, no por el ánimo de cambiar las cosas, sino porque ellos estaban dispuestos a permanecer en silencio, como los corderos, mientras a ellos no se lo hiciesen. El “A mí no me ha hecho nada” lo he oído ya unas cuantas veces desde entonces.

Cuando la gente ve dinero o la oportunidad de verse apoyada para escalar en el poder, tiene una capacidad enorme para prescindir de las evidencias y creerse lo que les interesa.

El interés personal está por encima de toda ética para más del 60% de las personas, como demostró Milgram y los que refrendaron sus teorías posteriormente. Las personas tienen una capacidad enorme para creerse mentiras no certificables, transformar la realidad para que las mentiras parezcan verdades con tal de que eso les sirva para cómodamente aceptar una mejora económica o una potencial mejora del estatus.

La mentira es sistemáticamente utilizada para socavar los cimientos de las relaciones humanas por aquellos cuyos intereses están por encima de todo.  Sus corderos creerán a pies juntillas aquello que se les diga y preferirán no creer aquello que les desvíe del cumplimiento de sus metas personales.

Campañas de acoso y difamación son sistemáticamente puestas en marcha por personas que disponen de algún tipo de poder (económico, formal o político), personas que tienen algo que ofrecer. Su principal apoyo son los corderos, personas dispuestas a creerse lo que haga falta para poder ser tocados por las manos de esos seres influyentes.

En dichas campañas lo normal es que esté muy claro quién es la persona que está recibiendo un perjuicio y sin embargo a las personas les basta la palabra de la persona que lleva la iniciativa para dar apoyo a la infame causa. A la persona atacada no le vale con contar su versión de la realidad, no le sirven las mismas armas para recibir apoyo, a ella se le exigen pruebas. Pero da lo mismo que las aporte, a los demás eso no les interesa, no les interesa nada que cuestione aquello que les interesa creer, que la víctima lo merece, porque hay un beneficio superior que lo justifica o únicamente  por los perjuicios que esa persona supuestamente ha causado. Los corderos son incapaces de identificarse como tales porque no les interesa, no quieren profundizar por no arriesgar las prebendas que su amado líder les ofrece y mucho menos poner en juego su ego.

Yo desde joven he sido un idealista y a la vez he tenido una mentalidad científica. Cuestiono continuamente los hechos para asegurarme de que no dejo nunca cabos sueltos, posibles interpretaciones de lo sucedido que cuadran con la realidad. Eso te hace lento, te hacer ser  percibido por los demás como inseguro, pero te hace menos manipulable. Leer, pero no cualquier forma de leer, una lectura que nos lleve a cuestionarnos continuamente lo que sabemos y lo que somos (ambas cosas se parecen mucho) es fundamental.  No he realizado experimentos que me permitan llegar a conclusiones sobre lo siguiente que voy a decir, pero por mi experiencia, después de 30 años trabajando, identifico unos cuantos factores que tienen en común las personas más manipulables:

  1. Pasión por lo material. Las apariencias tienen mucho peso (coches, peinados, relojes, etc).

  2. Pasión por el orden y el cumplimiento, por encima de todo. Frente a la posibilidad de aprender, experimentar, equivocarse, priorizan el control, el seguimiento de normas y la obediencia.

  3. Falta de profundidad en el debate intelectual.  El debate tiene excesivo riesgo, no vaya a ser que dejemos de ser lo que somos, ese ser idílico que estamos intentando construir a base de no cambiar. Ese ego a prueba de fuego convenientemente alimentado con la autoestima de sus víctimas.

  4. Tendencia a presentar casos sueltos como hechos generalizables. Es un arma muy efectiva. Rebatir algo estadísticamente requiere de un esfuerzo enorme en un debate cara a cara. Por eso son tan peligrosos los cuñados.

  5. Tendencia descartar los hechos que no cuadran con sus tesis, lo que es una perversión intelectual de primer orden, un sesgo de manual.

Corolario:

  • Más del 60% de las personas son materia prima para que narcisistas, manipuladores y poderosos sin escrúpulos puedan ejercer su poder.

  • Por todo lo anterior, unas pocas personas pueden causar un daño enorme a un gran colectivo.

Y lo peor de todo:

Pon que entre amigos, familia, compañeros de trabajo, miembros del club/asociación, etc., interactúas con 100 personas. De esas, 60 estarán dispuestas a colaborar, consciente o inconscientemente, con un acosador que pretenda hacerte daño. ¿A que ahora acojona un poco más lo de Milgram?

Fernando Gastón

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