El profesor del IESE Josep Riverola falleció el pasado 10 de agosto en Barcelona, a los 77 años de edad.

Fue mi última conversación con Josep. Llegamos los dos al acceso al AVE, en Atocha, 15 segundos antes del cierre del embarque. A los que me conocen no les sorprenderá que yo llegue en el último momento a embarcar, y si mirabas a Josep tampoco debía sorprenderte demasiado. Su pelo más largo de lo que esperaría de alguien de su edad, siempre alborotado, y sus gafas a medio camino entre los ojos y la punta de la nariz, apuntaban que tenías delante a un genio despistado, el típico que llegaba al AVE in-extremis. ¡Menuda pareja!

Nos despedimos en Barcelona la última vez que le vi. Yo me quedé con deberes: preparar el índice del libro que escribiríamos juntos y que ya no verá la luz. Yo soy hombre de pocas palabras, soso dirían algunos, pero con Josep podía pasarme un viaje completo de AVE hablando o una tarde entera encerrados en su despacho del IESE. Las conversaciones siempre giraban alrededor de los mismos temas: la resolución de problemas, la excelencia en las organizaciones, la tríada de Juan Antonio Pérez López, etc. Eso sí, en su despacho siempre con música de fondo, menudo equipo tenía.

Le conocí como profesor mío de operaciones durante el MBA del IESE. Su aspecto me gustó desde el primer momento y sus clases más. Era el tipo de profesor que me encantaba (pocos lo lograban), poco dogmático, parecido en estilo a otros profesores que he tenido en el pasado, como Pablo Fernández (finanzas) o Esteban Masifern (dirección), más preocupados en abrir tu mente que en cerrarla. Siempre he tenido pánico a cerrar mi mente, cerrar el círculo de mis modelos mentales, pensar que ya lo sé todo y seguir con una vida basada en panfletos llenos de consignas que en cuatro días quedan obsoletos, pánico de que un exceso de temas pasen a parecerme evidentes. Tener profesores como Josep delante me tranquilizaba, me ayudaba a romper con ideas mal formadas, quizás lo más difícil en el aprendizaje y sólo apto para profesores valientes. Las conversaciones con él siempre servían para ir llenando resquicios en mi forma de entender el mundo y abrir de nuevos.

Recuerdo cuando le llamé hace ahora 10 años desde la librería del IESE de Barcelona con su libro “Opera y operaciones” en la mano. Habíamos estado trabajando en paralelo, yo en la creación de Improva y él en la escritura de su libro junto a Beatriz. Ambos proyectos coincidieron en esa llamada. Su proyecto ya había terminado, pero el mío continua inspirado en él: eficiencia, atractividad y unidad (eficiencia, adaptación y cohesión). Ahora el profesor Riverola ya no está con nosotros, no tendré la oportunidad de agradecerle lo suficiente su ayuda cuando puse en marcha Improva, especialmente ahora que me encuentro celebrando el décimo aniversario del proyecto, inspirados en aquellas primeras conversaciones. Seguramente la mejor forma de agradecérselo sea consiguiendo que las ideas que me transmitió sirvan para cambiar la forma en que las organizaciones funcionan, y con ello, el mundo.

Fernando Gastón

 

Foto: IESE Business School.

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