Hace un par de semanas publiqué un post sobre PREZI una interesante herramienta informática para realizar presentaciones. Para comprender PREZI era importante hacer click en al menos dos de los enlaces que incluía el post. Tras más de 2000 visitas, tan sólo 290 personas habían entrado en al menos uno de los dos enlaces, un 15% aproximadamente. Si no accedías a los enlaces, podías pensar “qué interesante esto del Prezi”; si lo hacías, podías ver los vídeos y quedar impactado. Ese impacto igual te impulsaba a cambiar, pasabas a utilizar una nueva y potente herramienta, y tu vida ya no habría sido la misma (aquí quizás exagero). Si no hay impacto no hay cambio. En el imprósofo post navideño también había unos interesantísimos enlaces a unos hilarantes archivos de audio de Gomaespuma, el porcentaje de personas que los disfrutaron también fue mínimo.

 Por un lado te queda un poco la sensación de “para que me mato”, y te indignas, para acto seguido intentar entender qué es lo que pasa. Lo primero que cuestionas es si los contenidos de improsofia son suficientemente atractivos y la gente mayormente deserta a mitad de artículo por aburrimiento, pero eso se contradice con la creciente cantidad de personas que siguen improsofía. Si los post provocasen tal hastío tendría que estar haciendo continuamente equilibrios para mantener la audiencia y eso no es así. Los imprósofos, “improsoholics”, como me dijeron esta semana, se multiplican.

El tema creo que es más sencillo, en principio tiene que ver con la endiablada combinación de dos factores: el enorme volumen de contenidos que hay en la red y el tiempo que podemos invertir en cada uno de ellos. Más en general, dado que este fenómeno no ocurre sólo en internet,  tiene que ver con la velocidad de locura con que nos movemos por este mundo y la capacidad que tenemos de saborear cada uno de los infinitos estímulos que recibimos a diario,  ya sea una conversación con un amigo, la sonrisa de la camarera que nos sirve el café, un músico virtuoso en el metro o un interesante post en un blog. Estamos desenfrenadamente dispersos.

Recomiendo encarecidamente ver el siguiente vídeo, por favor, ¡¡¡haced click!!! Es un experimento que hizo un periodista del Washingtonpost tomando como cómplice a Joshua Bell un virtuoso del violín. El resultado es absolutamente sorprendente, pero real como la vida misma.

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=hnOPu0_YWhw]

Visto el vídeo (¿lo viste no?), me puedo dar con un canto en los dientes con ese 15% de clicks. Este vídeo refleja al 100% como malgastamos nuestras vidas, como pasamos por este mundo de puntillas sin, entre otras cosas, pararnos a contemplar la belleza que nos rodea.

Los ejemplos que se me ocurren, que reflejan esa superficialidad, son innumerables. Te vas de viaje a Praga y vuelves alucinado de lo que has visto paseando por sus calles, la Plaza Vieja, el Puente de Carlos, El Castillo,… te has hinchado a mirar, pero llegas a Barcelona y ya no paseas, corres mirando al suelo. ¡¡¡NO!!! No mires al suelo levanta los ojos y mira hacia arriba. Barcelona es impresionante. No sólo está Gaudí, casi en cada esquina del ensanche puedes contemplar una fachada impresionante, un portalón modernista que parece hecho por gigantes o un balcón de piedra tallado por los ángeles. Pero pasamos con prisa, mirando el reloj y pensando únicamente en la siguiente cita, a la que llegamos tarde. ¡Vamos acelerados! y avanzamos ignorando lo que nos rodea.

Vamos por la vida como una lancha fueraborda con un motor de 200 caballos. Por el mar a 100 por hora rebotando en las crestas de las olas sin parar a disfrutar cada rizo. Solamente rozamos la superficie y el fondo no lo vemos, nos lo perdemos. En el intento de sacar el máximo rendimiento de nuestro tiempo, echamos a perder cada minuto de nuestra existencia.

Otro ejemplo nos lo proporciona la crisis que nos afecta. Muchos han pretendido hacernos ricos en cuatro días a golpe de ladrillo; apoyados por los bancos, con prisas por hacerse ricos a golpe de hipoteca; todos movidos por un materialismo feroz. Yo a esta crisis la llamaría la crisis de la superficialidad, la crisis del mundo donde lo único que importa es la velocidad con que acumulas propiedades materiales para alimentar los frágiles egos.

La aceleración en el mundo de la empresa se ve muchas veces reflejada en los objetivos poco realistas que nos marcamos. ¿Que queremos implantar el Lean Manufacturing? Ficho un ejecutivo que venga del mundo del automóvil y en un par de añitos todo arreglado. Claro, al cabo de dos años todo sigue parecido, a menos que también me haya traído a trabajar en la fábrica a un ejército de japoneses, directamente importados del Japón, que cuando eran espermatozoides ya vivían en modo Kaizen. Buena parte de la culpa de esto la tienen los consultores que van vendiendo la burra por donde pasan: “Usted implante SAP y en cuatro días será el best in class”,  “Le hacemos un proyecto lean y cuando terminemos hasta sus empleados tendrán los ojos rasgados”

Velocidad, velocidad, velocidad,… No tengo la sensación de que este cúmulo de despropósitos vaya a parar, aunque con este post yo pretenda aportar mi granito de arena a que esto sea así. Pocos libros de management son un elogio a la lentitud, aunque en la literatura encontramos otras fuentes de inspiración.

Hace unos meses leí  “La Elegancia del Erizo” un precioso libro de Muriel Barbery, toda una oda a disfrutar de los pequeños detalles de la vida, sólo apto para mentes inquietas a las que les guste paladear los placeres que cada minuto nos brinda. Ahora, desgraciadamente, en aparente contradicción, han hecho la película, ¿para qué? Para adaptarse a los tiempos que corren, para poder ahorrarte el placer de leer el libro y en 90 minutos pretender tener la misma gratificación. La moda impone que aproveches el tiempo un poco más, come palomitas durante la sesión para entre fotograma y fotograma disfrutar su sabor, además deberás verla en horario del partido de fútbol, de forma que puedas aprovechar la lentitud de acontecimientos para seguir a tu equipo favorito con un auricular en la oreja. Particularmente, prefiero recomendar su lectura sosegada, puede ser un buen punto de partida para una terapia de desaceleración.

Con todo este desenfreno ha empezado a aparecer en Europa una reacción. Es el llamado “Movimiento slow”. El movimiento slow promueve las virtudes de una vida slow, lo que no quiere decir una vida de pasividad, reaccionismo e inoperancia. Los partidarios del movimiento slow pretenden que nos centremos en lo que hacemos, que disfrutemos de los instantes, que nos deleitemos con cada actividad que desarrollamos, que nos tomemos el tiempo de profundizar en nuestras reflexiones, que escuchemos con calma y enfocados a los que nos rodean, que nos marquemos objetivos realistas y que no pretendamos rellenar nuestro tiempo hasta el último hueco. Han empezado a aparecer las ciudades slow (Bra es la capital en Italia), también proliferan  los restaurantes slow, donde es un pecado achuchar al camarero y donde cada patata y cada judía disponen del tiempo necesario para cocinarse a placer.

Yo frecuentemente me descubro trabajando con el ordenador por la noche mientras miro la televisión, tecleando en el ordenador mientras hablo por teléfono, jugando con el brick breaker en la blackberry mientras espero en una cola, hablando por teléfono mientras conduzco, escuchando música mientras corro. Para el 2010 me he propuesto centrarme más en cada cosa que hago y reducir mi dispersión.

Espero que un 2010 slow tenga un impacto positivo en mi vida, en mi trabajo y en mis relaciones. Por ahora Vicky, mi mujer, está encantada con las expectativas.

AUTOR: Fernando Gastón Guirao

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